PECIO IVY

Este punto de la costa sur de la Ría se sitúa próximo a las Islas Estelas, aunque a menos profundidad  que el Achondo. Los restos de Ivy, que cuesta imaginárselos como partes de lo que fue un barco, yacen hasta los 17 m. y aun  conservan algunas de las cuadernas y trozos de una de las bodegas, con los que se debe tener cuidado, están completamente oxidados y no es difícil rascarse si no medimos bien. Lo que se encuentra en mejor estado es el cargamento de mineral de hierro que transportaba, que se esparce alrededor de los restos del barco y que supone un buen recurso si te quedas corta de lastre.

El Ivy fue un buque mercante con bandera de Liberia y más de 200 m. de eslora. El 30 de enero de 1976, en medio de un fuerte temporal nocturno, encalló en las Islas Estelas y acabó partiéndose en dos. La proa se hundió dando lugar a los restos que ahora se visitan en la inmersión. La popa fue desguazada y trasladada a tierra. Cuatro de sus tripulantes perdieron la vida en aquel naufragio.

Pese a haber soportado el paso de unos cuantos inviernos con sus temporales, los restos que aun quedan son muy interesantes de visitar, ya que albergan una considerable cantidad de vida. Escondite de congrios, grandes crustáceos y pulpos, los recovecos de los metales retorcidos deparan muchas sorpresas y muchas, muchas fanecas. En contraste con esos grandes visitantes es frecuente encontrar también nudibranquios y planarias de diferentes tipos, ya que se alimentan de la gran cantidad de briozoos y ascidias que recubren las chapas.

Un aspecto llamativo de este pecio es el contraste entre los tonos de metal oxidado y las abundantes actinias blancas que tapizan algunos de los rincones del barco.  También la mezcla de colores de toda la vida que se incrusta sobre el mineral de hierro, especialmente algas rojas calcificadas que cubren con sus tonos rosas enormes extensiones. En esta zona de mineral abundan los peces de fondo como las típicas cabruzas o las barrigudas.

Merodeando sobre los restos encontraremos sobre todo abadejos y todo tipo de lábridos, desde grandes pintos y maragotas a julias, pasando por farros, taberneros y porredanas. Igualmente, no faltan los pequeños e hiperactivos lorchiños y los tapaconas tratando de pasar desapercibidos entre la herrumbre de las planchas.

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